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  • Irma Gonzalez R

El ciclo del Sol en nuestro cuerpo.



En la antigüedad, el ser humano vivía profundamente conectado con la naturaleza y sus ritmos. Existía un lenguaje invisible a través del cual podíamos comunicarnos y vivir arropados por la sabiduría del planeta.


Mucho de esto se ha perdido con los nuevos estilos de vida, más urbanos y acelerados. Sin embargo, podemos continuar conectados a estos ritmos naturales sin importar donde desarrollemos nuestra vida, practicando la observación del entorno natural, y dando al cuerpo el alimento físico y mental que necesite a cada momento.


Los ritmos de la naturaleza los observamos claramente en los ciclos de sus cuatro estaciones, primavera, verano, otoño e invierno. Cuatro grandes referentes a través de los cuales la vida continúa e ininterrumpidamente.


¿Mantenemos los seres humanos este equilibrio?


Las exigencias personales y sociales producto del sistema donde nos desenvolvemos nos alejan cada vez más de esa parte sistémica que nos reconoce como una extensión de la naturaleza. Rescatarnos e integrarnos dentro de estos ciclos vitales es la garantía para mantener un equilibrio y con ello un óptimo estado de salud.


Esto no quiere decir que seremos menos eficientes. Al contrario, un sistema cuerpo-mente relajado y ordenado puede ejecutar cualquier acción de forma eficaz y productiva, con un menor consumo energético físico y mental siempre que esté acompañado por un estado de plena consciencia.


"Para reconectar con la sabiduría de la naturaleza tomaremos el ciclo del Sol, el astro rey, como referente en las diferentes estaciones".


Primavera: el sol despierta por el Este

Nuestro cuerpo al igual que las plantas comienza a despertar; es la estación de la renovación, de la frescura y del inicio. El sol despunta y su energía nos invita al inicio de un nuevo ciclo, al “primer movimiento”, igual que las semillas en la tierra. El sol como fuente vital impulsa al cuerpo a salir de la quietud buscando rutinas más al aire libre, pero con la consciencia de que aún estamos en un proceso de adaptación al nuevo ritmo.


Es el momento para limpiar y ordenar lo que consideramos nuestro espacio. Aquí los alimentos que ingerimos deben ser de alto contenido nutritivo, como verduras, frutos secos, primeras frutas de temporada, y la hidratación a base de zumos en la línea de limpieza y activación.


Las salidas a la naturaleza son un referente para observar en atención plena como fluye el nuevo ciclo y cómo podemos impregnarnos de él. El cuerpo emocional también es nuestro espacio, y la primavera aviva la creatividad, la imaginación, el movimiento por lo nuevo, el entusiasmo por renovar y por los nuevos comienzos.


Verano: el sol viaja hacia el Sur


Es la estación del brillo y el esplendor, el calor trae consigo la máxima energía solar, los días son más largos y el cuerpo ya se adapta a este nuevo ciclo con más facilidad.


Entramos en la fase de “movimiento activo” con actividades físicas más enérgicas acompañadas de exposiciones al sol que nutren y vitalizan los procesos internos, como por ejemplo caminar en la montaña, nadar y tal vez algo de bicicleta.


La alimentación debe ser ligera y fresca como futas y hortalizas; la ingesta de agua y la hidratación deben ser muy constante a través de bebidas frescas y cítricas. Nuestros mundos emocionales reciben la nutrición solar, por lo que estamos más comunicativos y extrovertidos, nos invade la alegría y el entusiasmo, apenas perdemos energía por la cantidad que recibimos. Nuestra mente y corazón se abren en la disposición que toda acción tenga su principio y su fin.


Otoño: el sol duerme hacia el oeste


Es la estación del cambio, la energía comienza a bajar, los días se acortan y con ellos la luz solar; es tiempo de contemplación y calma. El aire se torna más fresco y las hojas de los árboles caen, la tendencia de la naturaleza es a drenar y desprenderse.


El cuerpo busca ir a espacios menos intensos, comenzamos a recogernos hacia la calma después de la actividad del verano. Aparece una energía de transición y con ella el “movimiento intermedio”. En el otoño, nuestra naturaleza pide actividades en reposo, menos intensas y más conscientes, como Yoga o estiramientos suaves, invitando al cuerpo a un reposo constructivo.


Los alimentos típicos de esta estación son los frutos rojos, y para hidratarnos tomaremos tés e infusiones a temperatura ambiente. Las emociones suelen estar a flor de piel, nos encontramos sensibles y vulnerables, parte del proceso de transición adaptándonos al del venidero invierno.


Invierno: el sol viaja hacia el norte


La llegada del invierno, al igual que la naturaleza, nos pide bajar el ritmo para almacenar la energía. En invierno, el frío invita a una actividad más pasiva y relajada. No quiere decir que estaremos quietos y perezosos, sino que nuestro sistema se recogerá al “movimiento en reposo”, con rutinas más amables y menos exigentes, nuestra actividad física será más suave y lenta acompañando la tranquila energía del cuerpo, como, por ejemplo, caminatas, meditación, Yoga terapéutico, entre otros.


La ingesta de alimentos también cambia. Debemos consumir en este ciclo alimentos ricos en energías biodisponibles, es decir, cuyas calorías sean de fácil digestión, y aumentaremos la ingesta de agua a través de infusiones calientes. Las horas de sueño deben ampliarse para reparar nuestro sistema nervioso, y en la actividad laboral es cuando más necesitamos “bajar el ritmo” seguiremos igual de productivos, pero con la consciencia de integrar más pausas y menos aceleramiento en las acciones.


Cada estación una energía diferente


Ser conscientes y entender que cada ciclo tiene su ritmo será el primer paso para rescatar nuestra sabiduría interna y convivir de nuevo conectados con los ciclos y ritmos de la naturaleza. Esto aportará un modo de vida con mayor conexión y presencialidad, ya que es en el presente “donde las cosas suceden”, favoreciendo el autocuidado, la escucha activa y con ello la buena salud cuerpo-mente.


Irma González Rivas

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